El santo que fuma, bebe y no juzga: La rebelión de San Simón

Si vas a cualquier iglesia colonial un domingo, ya te sabés el protocolo. Tenés que ir bien peinado, hablar en susurros, persignarte, sentirte culpable por todo lo que hiciste el viernes en la noche y prometer que vas a cambiar. Los santos oficiales te miran desde sus pedestales de oro, con caras de sufrimiento y ojos de reproche, exigiéndote un currículum moral impecable para hacerte un milagrito. Todo es pulcro, ordenado y, un poco estresante.

Pero si te salís del guion oficial y agarrás camino para San Andrés Itzapa, Zunil o los callejones escondidos donde la verdadera calle respira, te vas a topar con el santo que no te pide certificado de buena conducta. Un tipo que, si le contás tus desgracias, te dice: «Tranquilo, pasame un cigarro, servime un trago y hablemos».

Hoy nos metemos al altar de San Simón, el santo más rebelde, pragmático y escandaloso de Guatemala.

El refugio de los que no tienen pase VIP

¿Quién visita a San Simón? Todos los que no caben en la postal oficial.

Aquí no hay señoras de sociedad pidiendo por la paz mundial.

Aquí llega el comerciante de la terminal que está ahogado en deudas, la trabajadora sexual que pide protección contra la violencia, el músico de cantina que necesita que no le falten toques, el migrante que se va mañana para el norte y sí, hasta el prestamista o el pandillero.

La genialidad de este culto es que San Simón (o su primo del occidente, Maximón) es profundamente amoral. A él no le interesa si sos «bueno» o «malo» según la Biblia. Él entiende que el mundo real es sucio, cruel y complicado. Es una deidad transaccional: vos le das lo que le gusta (tabaco, alcohol, dinero, candelas de colores específicos según tu problema) y él te tira el paro. Es el reflejo perfecto de cómo funciona la supervivencia en nuestros países: con favores, trueques y un par de tragos de por medio.

Aquí no hay silencio sepulcral. El altar de San Simón es un manicomio de rezos, llantos, mariachis y humo denso. Es la fe en su estado más crudo y callejero.

El dolor de cabeza de los curas coloniales

Para entender de dónde salió este relajo, hay que ponernos los lentes de la historia. La Iglesia Católica y la élite colonial intentaron por todos los medios borrar la religión maya. «¡Destruyan los ídolos!», decían. Pero el pueblo indígena, que de tontos no tienen nada, aplicó la técnica milenaria del camuflaje: el sincretismo.

San Simón/Maximón es una licuadora espiritual. Tiene elementos de Rilaj Maam (el Gran Abuelo de la cosmovisión maya), se viste como un ladino o capataz finquero (una burla directa a los explotadores españoles y alemanes), y la Iglesia Católica, en su desesperación por darle sentido, intentó asociarlo con Judas Iscariote o San Pedro.

Durante siglos, los curas y las autoridades mandaron a quemar sus figuras, a prohibir sus fiestas y a excomulgar a sus seguidores.

¿Cuál fue el resultado? La gente lo escondió en las cofradías, lo metió en los cuartos traseros de las casas y, por supuesto, el culto se volvió más fuerte. La élite nunca entendió que no podés matar a un santo que fue creado, precisamente, para resistir a la élite.

La economía de la fe: Aquí todo tiene precio

Si alguna vez vas a su templo principal, preparate para un choque sensorial que te va a dejar mareado. Olvidate del olor a incienso fino. Allí huele a puros baratos, a Venado, a loción de Siete Machos y a sudor. Y tienen una burocracia espiritual fascinante.

¿Querés amor? Candela roja. ¿Dinero? Amarilla. ¿Querés traerle el karma a un enemigo que te hizo daño? Candela negra. Aquí el karma se lo hace uno mismo a puro humo y cera.

Es una neurosis colectiva bellísima, donde la gente gasta el pisto que no tiene en ofrendas materiales porque creen ciegamente que el santo «come» y «bebe». Y aunque a los puristas religiosos les dé un infarto ver a una estatua con un cigarro encendido en la boca y un sombrero ladeado, San Simón es la prueba viviente de que el folklore guatemalteco no se quedó congelado en el pasado.

Sigue vivo, fumando, bebiendo y recordándonos que, mientras haya desigualdad, injusticia y desesperación en la calle, él siempre va a tener clientela. Así que, la próxima vez que sintás que nadie te escucha… bueno, ya sabés qué botella comprar.

Bibliografía y Fuentes Históricas:

  • Navarrete, Carlos. El San Simón de San Andrés Itzapa. Un estudio clásico y detallado sobre el origen, la evolución y las prácticas transaccionales del culto a San Simón, explicando su función como válvula de escape para las clases marginadas.
  • Lara Figueroa, Celso A. Tradiciones populares de Guatemala. Para comprender cómo el sincretismo religioso funcionó como un mecanismo de resistencia cultural del pueblo indígena y mestizo frente a la imposición católica oficial, camuflando a sus deidades ancestrales bajo vestimentas ladinas.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *