Con motivo de la independencia pensamos: Pasaron ya 205 años desde aquel día que nuestro país se independizó de la corona española. El tiempo se marcha con su impasible paso, las épocas cambian y nuestro país también. Es por eso, que hoy quiero que nosotros, mentalmente regresemos unos 200 años y caminemos por la 4.ª avenida o la 6.ª calle para ir a tomar un café, pero detente, primero tomate el tiempo y mirá a tu alrededor.
Durante más de dos siglos, aquí en Guatemala, la gente no usó números para ubicarse.
Antes, cada esquina de esta ciudad tenía un apodo, cada calle de nuestra ciudad cargaba una devoción o una tragedia en su nombre. Para finales del siglo XVII, la ciudad de Santiago de Guatemala era la metrópoli más grande entre México y Lima, y la más poblada del extenso Reino de Guatemala.

La ciudad y la ciudad
Era un lugar donde el lujo desbordante chocaba de frente con la vida brava de los arrabales. Y esas dos ciudades vivían juntas, compartiendo una sola cuadrícula. El diseño original de la ciudad fue obra de Juan Bautista Antonelli, quien trazó sus calles en forma de damero a partir de la Plaza Mayor. Sin embargo, la cuadrícula perfecta vino junto con una profunda división social: la ciudad estaba rígidamente fragmentada en «dos repúblicas», la de los españoles y la de las castas.
En el centro de la ciudad vivían los peninsulares, criollos, ricos comerciantes y funcionarios de la corona. Sus casas eran de sólida construcción, pintadas de blanco y con techos de teja. Estos pocos afortunados gozaban de un lujo envidiable para la época: agua corriente que fluía directamente hacia las fuentes de sus patios interiores.
Pero bastaba caminar hacia las orillas para entrar a un mundo completamente distinto. En los dieciséis barrios periféricos, como San Jerónimo, San Sebastián y San Antón, habitaban las castas, los artesanos, los mulatos y los españoles pobres. Aquí, las calles se volvían estrechas y torcidas. La mayoría de la población vivía en extrema pobreza, en casas de materiales perecederos y sin acceso al agua potable domiciliaria, por lo que debían caminar largas distancias hasta las pilas públicas. En estos barrios bravos abundaban las tabernas, el juego clandestino y los crímenes, sobre todo los impulsados por la embriaguez, gracias al fácil acceso a la chicha y al aguardiente de caña.
Una ciudad sin direcciones exactas
El pueblo antigüeño del pasado nunca memorizó números; se ubicaba nombrando las grandes casonas que marcaban su cuadra.Si buscabas la Calle de la Nobleza, sabías que estabas frente a imponentes residencias de funcionarios, como la actual Casa Popenoe, construida en el siglo XVII para un oidor de la Real Audiencia.
Nadie decía «4.ª Avenida Sur»; la gente se ubicaba gracias a la Casa de Chamorro, conocida popularmente por todos como la «Casa de las Sirenas» a causa de las figuras decorativas que adornaban su fachada.
Otras esquinas cobraban vida gracias a los detalles de sus puertas, como la Casa de los Leones, bautizada así por las figuras de estos animales que se encontraban a cada lado de la entrada.
Los hitos arquitectónicos servían de mapa mental, haciendo que lugares como la pequeña Casa de las Campanas fueran puntos de referencia inconfundibles para los transeúntes.
Calles con nombre de oficio y bestias.
La toponimia del día a día reflejaba exactamente lo que pasaba en la calle. Al poniente de la plaza central funcionaba el famoso Portal de Panaderas. Este lugar no era solo un expendio de pan; su piso bajo era el centro del bullicio comercial, abarrotado de tiendas, pulperías, tabernas y escribanos.
Las bestias también dejaron su huella en el mapa. La calle que pasaba justo detrás de la iglesia de Los Remedios era conocida simplemente como la calle «del ganado». Y si buscabas la salida hacia el oriente, hacia el barrio de Santa Ana, debías tomar el Callejón del Campo, que partía desde la fuente de la Alameda.
La ruta del dolor y el paseo de la élite
Pocas calles guardan tanto contraste como la actual Calle de los Pasos. Esta vía nació con el nombre de la Calle de la Amargura. Su origen es puramente devocional: los hermanos de la Tercera Orden franciscana contaron exactamente 1,322 pasos desde San Francisco hasta el prado donde construyeron El Calvario. Esta distancia replicaba de forma exacta los pasos que anduvo Jesús desde el Palacio Pretoriano hasta el Gólgota en Jerusalén. Fue un primer viernes de Cuaresma de 1619 cuando la primera procesión con la imagen de Jesús Nazareno recorrió esta calle.
Pero justo al lado de esta ruta de dolor y penitencia, se encontraba el epicentro de la vanidad colonial: La Alameda de El Calvario (o Calle del Campo). Era el paseo más hermoso, amplio y concurrido de la ciudad, donde la élite salía a pie, a caballo o en carruaje para lucir sus mejores galas en fiestas y reuniones sociales.
El contraste era brutal. Mientras los ricos paseaban con sus ropajes finos por la Alameda, a escasos pasos operaban los focos de insalubridad y trabajo pesado: el rastro de ganado mayor al poniente del prado, y el «rastro de carneros» ubicado detrás de la iglesia de Los Remedios.
La próxima vez que caminés por estas calles empedradas, recordá que debajo de las placas con números y avenidas late una ciudad de nobles, artesanos, devotos y taberneros. ¿En qué calle vivís vos y qué historia te contaron tus abuelos sobre esa esquina?
Bibliografía y Fuentes Históricas
Para la reconstrucción de la vida, nombres y calles de este artículo, se consultaron las siguientes investigaciones:
- Johnston, René. La ciudad de Santiago de Guatemala y El Calvario a finales del Siglo XVII. Licenciado en Historia y Arqueólogo. De este estudio se extrajeron los datos sobre la división social de los barrios, la historia de los 1,322 pasos de la Calle de la Amargura, la toponimia popular colonial y los mapas de Francisco Antonio Fuentes y Guzmán.
- Siliézar Mena, Karen Reneé. Análisis y Propuesta de Restauración Casa Hogar Fray Rodrigo de la Cruz, La Antigua Guatemala. Tesis de la Facultad de Arquitectura, Universidad de San Carlos de Guatemala (Abril de 2005). Este análisis arquitectónico sirvió como base para la identificación y registro fotográfico de las residencias coloniales anteriores a 1773, tales como la Casa Popenoe, la Casa Chamorro, la Casa de los Leones y la Casa de las Campanas.





